viernes, 28 de agosto de 2026

Los gusanos y las águilas

 


Los gusanos se habían cansado de esperar.

Durante días, semanas, quizá durante toda una vida, habían observado desde las ramas bajas cómo las mariposas abandonaban lentamente la tierra para convertirse en criaturas de colores. Las veían desplegar sus alas bajo el sol y elevarse con una ligereza que a ellos les parecía casi una burla.

—Miren cómo vuelan —decían—. Nosotros seguimos arrastrándonos.

Envidiaban aquellas alas amarillas, azules, rojas y anaranjadas que parecían llevar un pedazo del arcoíris prendido al cuerpo. Envidiaban su libertad, su danza sobre las flores, ese modo de atravesar el aire como si el cielo les perteneciera.

Pero lo que más les dolía no era ser gusanos.

Era tener que esperar.

Porque los gusanos sabían que, algún día, también ellos podrían encerrarse en un capullo y comenzar la misteriosa transformación. Sabían que la espera formaba parte de su naturaleza. Sin embargo, la paciencia comenzó a parecerles una injusticia.

Una tarde, mientras se reunían alrededor de una hoja mordisqueada, uno de ellos tuvo una idea.

—¿Y si encontramos una manera de dejar de esperar?

Los demás levantaron la cabeza.

Fue entonces cuando alguien recordó a las águilas reales.

Desde las alturas, aquellas aves dominaban el cielo con sus alas enormes y sus garras afiladas. Eran temidas por todos los animales del bosque. Nadie ignoraba que un águila hambrienta podía convertir un instante de belleza en un instante de muerte.

Los gusanos hicieron un pacto.

Buscarían a las águilas y les ofrecerían un secreto.

Una mañana, después de mucho insistir, consiguieron hablar con una de ellas. Le contaron que, al día siguiente, miles de mariposas se reunirían en un claro del bosque antes de emprender un largo viaje.

—¿A qué hora? —preguntó el águila.

Los gusanos se lo dijeron.

—¿En qué lugar?

También se lo dijeron.

Y el águila prometió guardar el secreto.

Pero hay secretos que, cuando caen en el oído equivocado, dejan de ser secretos.

El águila voló hasta una montaña y allí contó lo que sabía. Después, otras águilas lo supieron. Y las águilas se lo contaron a los halcones, a los gavilanes, a los caranchos y a todas las aves de rapiña que encontraron.

Al amanecer, el cielo parecía vacío.

Las mariposas llegaron al claro.

Eran miles.

Llegaban desde todos los rincones del bosque, llenando el aire de colores. Sus alas se rozaban unas con otras y el sol las hacía parecer pequeñas llamas flotando sobre las flores.

Nadie sospechaba lo que las esperaba.

Entonces aparecieron las águilas.

Primero fue una sombra.

Después otra.

Y otra.

Hasta que el cielo se llenó de alas oscuras.

Las aves descendieron sobre el claro como una tormenta.

Las mariposas intentaron escapar, pero no había hacia dónde. El aire, que hasta unos segundos antes había sido su refugio, se convirtió en una trampa.

En pocos minutos, el silencio reemplazó al revoloteo.

Cuando terminó el festín, apenas quedaron algunas mariposas con las alas rotas, escondidas entre las hojas.

Las águilas habían descubierto que la carne de aquellas criaturas era pequeña, pero nutritiva. Y cuando se acabaron las mariposas, el hambre volvió.

Fue entonces cuando una de las águilas recordó a los gusanos.

—Ellos nos dieron el secreto —dijo—. Deben saber dónde encontrar más alimento.

Y las águilas regresaron al bosque.

Los gusanos las vieron acercarse y sintieron orgullo.

Habían conseguido lo que querían: habían impedido que las mariposas volaran libres mientras ellos seguían condenados a arrastrarse.

Pero el orgullo duró poco.

Las águilas comenzaron a comerlos.

—¡No! —gritaron los gusanos—. ¡Ese no era el trato!

Las águilas ni siquiera respondieron.

El hambre no conoce pactos.

No recuerda promesas.

No respeta la palabra empeñada.

Los gusanos huyeron como pudieron, escondiéndose bajo las piedras, entre las raíces y dentro de la tierra húmeda. Pero ya era demasiado tarde.

Entonces comprendieron.

Habían entregado a las mariposas creyendo que con ello ganarían algo para ellos mismos. Habían confundido la paciencia con una condena y la envidia con un derecho.

Y, en su desesperación por escapar de su propia naturaleza, habían abierto la puerta al peligro.

Desde entonces, cada vez que un gusano veía una mariposa elevarse sobre las flores, ya no sentía envidia.

Sentía tristeza.

Porque comprendía demasiado tarde que aquellas alas que tanto había deseado destruir no eran su enemigo.

Eran el recuerdo de lo que algún día también podría llegar a ser.

Moraleja:
Quien, por impaciencia o envidia, entrega a otro al depredador creyendo que estará a salvo, puede terminar descubriendo que el hambre del depredador nunca se conforma con una sola presa.

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