lunes, 31 de agosto de 2026

El amor

 

El amor

Había quedado sola.

Durante muchos años había pensado que quizá había tenido mala suerte.

O tal vez había llegado tarde.

A veces, por las noches, cuando la casa quedaba en silencio, se preguntaba cuántas historias diferentes podría haber vivido si hubiera conocido a otras personas, si hubiera tenido más oportunidades, si el mundo hubiera sido entonces tan grande como parecía ser ahora.

Pero el mundo había cambiado.

Ahora cabía entero en una pantalla.

Una noche, casi por curiosidad, abrió una de aquellas aplicaciones que prometían acercar a las personas.

Había cientos.

Quizá miles.

Fotografías, nombres, edades, gustos, viajes, sonrisas cuidadosamente elegidas.

Deslizó un dedo.

Después otro.

Y otro.

Le pareció maravilloso.

Quizá el amor había sido siempre eso y ella no lo había sabido: una puerta entre muchas puertas, una posibilidad entre miles.

El primero parecía encantador.

Conversaron durante horas.

Al día siguiente volvió a escribirle.

Y al otro.

Y al otro.

Al principio le gustó aquella insistencia.

Después comenzó a cansarla.

La llamaba por la mañana.

A la tarde.

Por la noche.

Si ella no respondía, preguntaba si estaba enojada.

Si tardaba, preguntaba con quién estaba.

Si decía que necesitaba estar sola, parecía no entender.

—¿Por qué querés estar sola si estamos juntos?

Ella no supo qué contestar.

Había confundido compañía con cercanía.

Y descubrió que también se podía estar acompañado y sentirse sin aire.

Pasó al siguiente.


El segundo era simpático.

Le gustaban las mismas películas.

Reía con sus mismos chistes.

Decía que había encontrado por fin a la persona indicada.

A la tercera semana le propuso irse a vivir juntos.

Ella sonrió.

—Pero todavía casi no nos conocemos.

—¿Qué más necesitamos saber?

Un día fueron a cocinar.

Él tomó una olla, la miró durante unos segundos y preguntó:

—¿Esto para qué sirve?

Ella se echó a reír.

—Para cocinar.

—¿Y cómo se hace?

Entonces comprendió que quizá habían hablado mucho sobre vivir juntos y muy poco sobre vivir.

No era que no supiera cocinar.

Lo que no sabía era que una casa no se sostiene solamente con paredes y entusiasmo.

También necesita manos.


El tercero era distinto.

Todo debía estar limpio.

Demasiado limpio.

Antes de subir al auto había que revisar los zapatos.

No se podía comer.

No se podía apoyar nada.

Una pequeña mancha podía convertirse en una discusión.

Una migaja parecía una catástrofe.

Una tarde ella abrió una galleta.

—No comas eso acá.

—Es sólo una galleta.

—Después quedan migas.

Ella miró la galleta.

Después miró el auto.

Y pensó que había personas capaces de cuidar tanto las cosas que terminaban olvidando cuidar a quienes las rodeaban.


El cuarto la quería demasiado.

O eso decía.

Preguntaba dónde estaba.

Con quién.

A qué hora volvía.

Quién era aquel hombre que había saludado.

Por qué había tardado tanto en responder.

Al principio lo llamó interés.

Después comprendió que algunas jaulas tienen barrotes invisibles.

Y que los celos pueden disfrazarse de amor hasta que uno aprende a reconocerlos.


El quinto fue peor.

No tenía paciencia.

No tenía ternura.

Las palabras le salían como piedras.

Una discusión podía convertirse en un insulto.

Un desacuerdo, en una amenaza.

Una noche, después de una frase que todavía le dolía recordar, ella cerró la puerta.

Esta vez no volvió a buscar.


Pasaron los días.

La pantalla seguía allí.

Llena de rostros.

De sonrisas.

De promesas.

De posibilidades.

Pero algo había cambiado.

Ahora, cuando deslizaba el dedo, ya no veía personas.

Veía ofertas.

Y comprendió que había empezado a mirar el amor como se mira una vidriera:

si algo no gustaba, se devolvía;

si algo molestaba, se reemplazaba;

si aparecía un defecto, se buscaba otro.

Entonces recordó algo que durante mucho tiempo había intentado olvidar.

Su antiguo amor.

Aquel que había perdido.

No había sido perfecto.

Ella tampoco.

Habían discutido.

Habían cometido errores.

Habían tenido días en los que apenas podían soportarse.

Había habido silencios.

Malos entendidos.

Palabras que hubiera sido mejor no decir.

Pero también había habido otras cosas.

Una taza de café dejada sobre la mesa sin que nadie la pidiera.

Una mano buscando otra debajo de las sábanas.

Una risa inesperada mientras preparaban la cena.

El modo en que él sabía cuándo ella necesitaba silencio.

La forma en que ella podía reconocer su cansancio con sólo mirarlo entrar por la puerta.

Habían aprendido.

No siempre bien.

No siempre rápido.

Pero habían aprendido.

Y recién ahora comprendía que aquello que había creído imperfecto había sido, precisamente por eso, profundamente humano.


Una tarde salió a caminar.

Pasó frente a una casa donde una pareja discutía.

Más adelante vio a dos ancianos sentados en un banco.

No hablaban.

Simplemente estaban juntos.

Ella pensó que quizá el amor también podía ser eso:

no tener siempre algo que decir,

pero seguir eligiendo sentarse al lado.

Continuó caminando.

En una plaza encontró a una niña intentando hacer volar una cometa.

La cometa caía una y otra vez.

La niña volvía a levantarla.

Una ráfaga.

La cuerda.

Un pequeño tirón.

Otra vez al suelo.

Ella pensó que era curioso.

Nadie le había prometido a la niña que la cometa volaría.

Sin embargo, seguía intentándolo.

Entonces comprendió algo que no había encontrado en ninguna pantalla.

Quizá el amor no era encontrar a alguien que encajara perfectamente con uno.

Quizá era aprender a encajar dos vidas diferentes sin que ninguna tuviera que desaparecer.


Volvió a su casa.

Apagó el teléfono.

Abrió la ventana.

Entró el aire de la tarde.

Durante unos minutos escuchó cosas que hacía mucho no escuchaba:

un pájaro,

un perro a lo lejos,

el viento moviendo las hojas,

una bicicleta pasando por la calle.

Pensó en todas las veces que había buscado algo extraordinario sin darse cuenta de que la vida estaba llena de pequeñas maravillas.

Quizá el amor también se parecía a eso.

A aprender a mirar otra vez.

A sorprenderse con una persona después de haberla visto mil veces.

A descubrir que alguien puede cambiar.

Y que uno también puede hacerlo.

Porque amar no era poseer.

Ni vigilar.

Ni consumir.

Ni encontrar a la persona perfecta.

Era otra cosa.

Algo mucho más humilde.

Dos personas llevando cada una sus propias imperfecciones y aprendiendo, con paciencia, a construir un lugar donde ambas pudieran crecer.

Un lugar donde el respeto fuera más fuerte que el orgullo.

Donde pedir perdón no fuera una derrota.

Donde cuidar no significara controlar.

Donde estar juntos no significara dejar de ser uno mismo.


Años después, cuando tuvo hijos, comprendió que había otra clase de amor que también debía aprender.

Los miraba dormir y pensaba que no eran una extensión de ella.

No eran su propiedad.

No habían venido al mundo para cumplir sus sueños pendientes.

Eran personas.

Pequeñas todavía.

Pero personas.

Y algún día se irían.

Por eso quiso enseñarles sin apretarlos demasiado.

Cuidarlos sin encerrarlos.

Poner límites sin humillarlos.

Acompañarlos sin decidir por ellos cada paso.

Y, sobre todo, mostrarles que amar no significaba evitarles todas las caídas.

A veces significaba estar cerca cuando cayeran para que pudieran levantarse.


Una noche, muchos años después, encontró aquella vieja aplicación en su teléfono.

La abrió.

La pantalla volvió a llenarse de rostros.

Sonrió.

Ya no sentía enojo.

Tampoco desprecio.

Comprendió que aquellas personas no habían sido errores.

Habían sido espejos.

Cada una le había mostrado algo que no quería para su vida.

Pero también le habían enseñado a mirar con más cuidado aquello que alguna vez había tenido.

Y entonces pensó en él.

En aquel amor imperfecto.

En todo lo que no habían sabido hacer.

En todo lo que habían aprendido demasiado tarde.

Y por primera vez no pensó:

“Lo perdí.”

Pensó:

“Lo construimos.”

Y comprendió que esa diferencia lo cambiaba todo.

Porque algunas cosas pueden comprarse.

Otras pueden encontrarse.

Pero las cosas verdaderamente valiosas necesitan tiempo.

Necesitan cuidado.

Necesitan dos manos.

Y algunas necesitan una vida entera.

Cerró la aplicación.

Apagó la pantalla.

Afuera comenzaba a llover.

Se quedó unos segundos escuchando el agua.

Después sonrió.

Había pasado muchos años buscando el amor como quien busca una puerta.

Ahora sabía que el amor no era una puerta.

Era una casa.

Y una casa, para seguir siendo hogar,

hay que construirla,

repararla,

habitarla,

y volver a elegirla

todos los días.

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