Había una vez un granjero que tuvo la fortuna de encontrar petróleo bajo la tierra de su propiedad. Ocurrió en una época en que los motores de explosión comenzaban a transformar el mundo y el petróleo se convertía en la sangre negra que haría moverse a las máquinas, a los automóviles, a los barcos y, con el tiempo, a los ejércitos.
Al principio, el granjero creyó que la fortuna le había sonreído por casualidad. Pero pronto comprendió que la suerte, cuando se combina con la propiedad, puede convertirse en un poder mucho más grande que cualquier talento.
Con el dinero obtenido de los primeros pozos, compró las tierras de sus vecinos. Algunos vendieron porque necesitaban dinero; otros, porque nunca habían imaginado que un pedazo de suelo pudiera valer tanto. Hubo quienes se marcharon convencidos de haber hecho un excelente negocio. Con lo recibido compraron automóviles, casas en la ciudad y objetos que hasta entonces solo habían visto en las vidrieras. Durante un tiempo vivieron como si la riqueza fuera una fuente inagotable.
El granjero, en cambio, no gastaba su fortuna en caprichos. Compraba más tierras.
Sabía que el petróleo podía agotarse en un lugar, pero también sabía que quien poseyera suficiente tierra tendría mayores posibilidades de encontrarlo en otro. Y, mientras buscaba nuevos yacimientos, descubrió que también podía monopolizar la producción de alimentos. Los campos que antes daban de comer a cientos de familias pasaron a formar parte de una sola empresa. Los antiguos propietarios se convirtieron, poco a poco, en empleados de aquello que alguna vez les había pertenecido.
Así, casi sin darse cuenta, el granjero dejó de ser un hombre que trabajaba la tierra. Se convirtió en el dueño de las condiciones que permitían a los demás vivir.
Los únicos que conservaron sus propiedades fueron los militares, porque tenían las armas y porque su tarea consistía en defender la propiedad privada. El granjero no discutió con ellos. Comprendió que hasta el poder más grande necesita de otros poderes para sostenerse.
Pasaron los años.
El dinero recibido por las antiguas tierras comenzó a desaparecer. Algunos vecinos lo habían gastado; otros lo habían perdido en negocios que nunca prosperaron. Los más prudentes también terminaron descubriendo que una fortuna puede acabarse, mientras que la necesidad de comer se presenta todos los días.
Cuando quisieron regresar al campo, ya no tenían adónde volver.
La tierra tenía dueño. Los pozos tenían dueño. Las máquinas tenían dueño. Hasta los caminos por los que circulaban los camiones pertenecían a empresas vinculadas al granjero.
Los antiguos propietarios comprendieron entonces una verdad amarga: habían vendido algo más que una parcela. Habían vendido el medio que les permitía producir su propio sustento. Habían cambiado una forma de independencia por una cantidad de dinero que, aunque en aquel momento parecía enorme, no podía garantizarles la libertad para siempre.
Algunos encontraron trabajo en las mismas tierras que habían sido suyas. Otros se emplearon en los pozos petroleros, en los depósitos de alimentos o en las fábricas. Ya no decidían qué cultivar, cuánto producir ni qué hacer con los frutos de su trabajo. Recibían un salario y, con ese salario, compraban los alimentos que ellos mismos producían.
El granjero observaba el funcionamiento de aquel mundo con satisfacción. No necesitaba obligar a todos a trabajar para él. Bastaba con que las personas no tuvieran otra manera de sobrevivir.
Y había comprendido que la obediencia más duradera no siempre se obtiene mediante la fuerza. A veces alcanza con organizar las cosas de tal manera que la gente crea que no tiene otra opción.
En los barrios más pobres todavía quedaba algo que el granjero no había conseguido comprar: la música.
Al caer la tarde, cuando el cansancio aflojaba por un momento las manos de los trabajadores, algunos hombres sacaban sus guitarras. Eran músicos pobres, herederos de canciones antiguas, de historias que hablaban de amores perdidos, de caminos polvorientos, de hombres que se marchaban y de mujeres que esperaban. Cantaban sobre la tierra, la lluvia, la injusticia y la esperanza.
El granjero los escuchaba algunas veces desde su automóvil. Le gustaba aquella música, aunque no terminaba de comprender por qué aquellos hombres, que apenas tenían para comer, podían cantar con tanta alegría.
Una noche los mandó llamar.
—Quiero que vengan a tocar a mis fiestas —les dijo—. Les pagaré bien. Tendrán comida, bebida y un lugar donde dormir.
Los músicos aceptaron. El dinero les hacía falta y no veían motivo para rechazarlo.
Desde entonces, cada vez que el granjero organizaba una celebración, los músicos acudían con sus guitarras. Tocaban mientras los invitados bebían y hablaban de negocios. Cantaban canciones de amor entre conversaciones sobre pozos petroleros, cosechas y contratos. A veces, el granjero les pedía que repitieran una melodía porque le recordaba algo que no sabía nombrar.
Sin embargo, cuanto más los escuchaba, menos comprendía su alegría.
Él poseía tierras que no podía recorrer en una vida, automóviles que apenas utilizaba, casas en ciudades que visitaba de vez en cuando y una fortuna que crecía mientras dormía. Pero no recordaba la última vez que había cantado sin preocuparse por el precio de algo.
Los músicos, en cambio, regresaban a sus barrios después de cada fiesta. Allí compartían el dinero, arreglaban sus instrumentos, discutían, se enamoraban, se peleaban y volvían a reunirse para tocar. Sus vidas eran difíciles, pero todavía existían entre ellos vínculos que no dependían enteramente del dinero.
El granjero no sabía qué hacer con aquella diferencia.
Quizá sospechaba, aunque jamás lo habría admitido, que era posible poseer casi todo y carecer, al mismo tiempo, de algo esencial.
Pero en lugar de preguntarse qué le faltaba, decidió comprar más.
La fortuna del granjero creció tanto que empezó a temer por ella.
En países lejanos existían otros hombres como él. También poseían petróleo, fábricas y ejércitos. Algunos pretendían extender sus dominios; otros consideraban que las tierras del granjero debían pertenecerles. El mundo de los ricos estaba lleno de acuerdos, alianzas y sonrisas que podían convertirse en amenazas de un día para otro.
El granjero pensó que necesitaba proteger lo que había conseguido.
Construyó fábricas de armas, compró aviones y vehículos militares, financió laboratorios y contrató ingenieros para desarrollar instrumentos cada vez más poderosos de destrucción. Muchos de los que no encontraban trabajo en el campo o en los pozos fueron empleados en aquellas fábricas.
Así se produjo una curiosa transformación: hombres que antes cultivaban alimentos comenzaron a fabricar máquinas capaces de destruir cosechas; jóvenes que no tenían dinero para alimentar a sus familias trabajaban produciendo armas destinadas a defender la riqueza de un hombre al que nunca habían visto de cerca.
El granjero decía que todo aquello era necesario para preservar la paz.
—Si queremos la paz, debemos estar preparados para la guerra —repetía.
Y la gente, cansada y preocupada por su propia supervivencia, terminó acostumbrándose a aquella explicación.
Pero el granjero empezó a notar algo que le inquietaba más que las amenazas extranjeras. En las fábricas, en los barrios y en las conversaciones de los trabajadores comenzaban a escucharse palabras que no le gustaban.
Algunos decían que las tierras debían volver a pertenecer a quienes las trabajaban. Otros sostenían que los alimentos no podían depender de la voluntad de un solo hombre. Había quienes proponían cooperativas, quienes hablaban de repartir las propiedades y quienes, simplemente, querían recuperar el derecho a decidir sobre sus propias vidas.
El granjero comprendió que las armas podían detener a un ejército, pero no bastaban para silenciar una idea.
Un soldado podía obligar a un hombre a bajar la cabeza. No podía conseguir que creyera sinceramente que debía vivir arrodillado.
Y fue entonces cuando el granjero descubrió que había otra clase de riqueza, mucho más importante para quien pretendía gobernar durante generaciones: el poder de influir en lo que las personas consideraban verdadero, justo, bueno y posible.
El granjero convocó a sus consejeros.
Entre ellos había abogados, sacerdotes, médicos, maestros, empresarios, periodistas y hombres expertos en el funcionamiento de las instituciones. Les pidió que encontraran una manera de mantener el orden sin tener que recurrir permanentemente a las armas.
—No podemos tener un soldado detrás de cada trabajador —les dijo—. Necesitamos que la gente aprenda a comportarse de la manera conveniente, incluso cuando nadie la esté vigilando.
Los consejeros comprendieron el problema.
Hasta entonces, el poder del granjero se había apoyado en la propiedad y en la fuerza. Ahora debía extenderse hacia las costumbres, la educación, las creencias y las formas de pensar.
Comenzaron por las escuelas.
Los niños aprendían a leer, escribir y calcular, pero también aprendían qué significaba ser un buen ciudadano. En los libros se exaltaba el esfuerzo individual, se presentaba la riqueza como prueba de virtud y se explicaba que el éxito dependía, ante todo, de la voluntad de cada persona.
No se hablaba demasiado de quién poseía las tierras, de quién fijaba los salarios o de por qué algunos heredaban fortunas mientras otros heredaban deudas.
A los alumnos se les enseñaba a respetar las reglas, a competir por las mejores calificaciones y a aceptar que siempre habría ganadores y perdedores. El orden existente aparecía en los manuales como si fuera una consecuencia natural de la vida, tan inevitable como la lluvia o el paso de las estaciones.
Después llegaron los expertos encargados de organizar el trabajo.
En las fábricas se midieron los movimientos de las manos, los minutos de descanso, la velocidad de las máquinas y la productividad de cada trabajador. Se establecieron horarios, reglamentos y evaluaciones. Cada persona recibió un número, un legajo y un lugar preciso dentro de una estructura que parecía funcionar por sí misma.
Los trabajadores aprendieron a vigilar el reloj, a corregirse antes de ser corregidos y a sentir culpa cuando no alcanzaban los objetivos impuestos.
El poder ya no necesitaba mostrarse siempre como una orden. Se había instalado en la organización cotidiana de la vida.
El granjero financió también hospitales, oficinas administrativas y sistemas de asistencia. Algunas de aquellas instituciones mejoraron realmente la vida de la población. Se curaron enfermedades, se construyeron escuelas y se atendieron necesidades que antes permanecían abandonadas. Pero, al mismo tiempo, cada institución estableció sus propias categorías, sus expedientes y sus criterios para distinguir al ciudadano respetable del problemático, al trabajador productivo del improductivo, al obediente del sospechoso.
Quienes recibían ayuda debían demostrar que la merecían. Quienes buscaban empleo debían someterse a evaluaciones. Quienes se apartaban de las normas eran observados, clasificados y, llegado el caso, castigados.
El granjero no tuvo que inventar cada una de aquellas prácticas. Le bastó con financiarlas, orientarlas y ponerlas al servicio de un orden que lo beneficiaba.
Había comprendido algo que, mucho después, un filósofo llamado Michel Foucault describiría de otra manera: el poder no actúa solamente prohibiendo o castigando. También produce hábitos, define lo que se considera normal y participa en la formación de las personas que creen actuar libremente.
El granjero ya no necesitaba decirles a todos qué debían pensar. Le alcanzaba con ayudar a construir un mundo en el que ciertas ideas parecieran razonables y otras, absurdas o peligrosas.
Y así, mientras sus propiedades se extendían por el territorio, el poder se introducía en lugares mucho más pequeños: en el aula, en la fábrica, en el consultorio, en el escritorio de un funcionario y hasta en la conciencia de cada individuo.
Sin embargo, los consejeros advirtieron que la disciplina tenía sus límites.
Una persona podía cumplir con su trabajo y respetar las reglas, pero todavía preguntarse para qué vivía. Podía aceptar su salario y, aun así, sentir que algo le faltaba. Podía tener miedo al castigo y continuar deseando una vida distinta.
Era necesario ofrecerle algo más que obediencia.
Fue entonces cuando el granjero decidió promover una nueva religión.
No la presentó como una invención suya, por supuesto. La hizo aparecer como una revelación antigua, recuperada por sabios que afirmaban conocer el verdadero destino de la humanidad. Sus templos enseñaban que la vida terrenal era apenas una prueba, que el sufrimiento tenía un propósito superior y que las recompensas más importantes no se encontraban en este mundo, sino después de la muerte.
A los pobres se les decía que su paciencia sería recompensada. A los desdichados, que su sufrimiento no era inútil. A los que habían perdido sus tierras, que no debían envidiar los bienes ajenos, porque la verdadera riqueza pertenecía al alma.
Y a los ricos se les enseñaba que su fortuna podía ser una señal de bendición, siempre que contribuyeran a mantener los templos y respetaran las enseñanzas de sus sacerdotes.
El granjero no necesitó prohibir la esperanza. Al contrario, la convirtió en una institución.
No todos los sacerdotes se prestaron a sus propósitos. Algunos continuaron acompañando a los pobres, denunciando las injusticias y recordando que ninguna fortuna justificaba el hambre de otro ser humano. Pero el granjero se encargó de dar mayor visibilidad a quienes predicaban la resignación, y más recursos a quienes prometían recompensas en el cielo a cambio de obediencia en la tierra.
De ese modo, la religión dejó de ser para muchos una pregunta sobre el misterio de la existencia y se convirtió, en manos de los poderosos, en una respuesta preparada de antemano.
El granjero creyó haber resuelto el problema.
Pero no se dio cuenta de que estaba confundiendo la necesidad humana de encontrar sentido con la necesidad de mantener el control.
Porque una cosa es que una persona encuentre consuelo en la fe, y otra muy distinta es utilizar su fe para convencerla de que no debe cambiar las condiciones que la hacen sufrir.
Faltaba todavía un instrumento.
El granjero ordenó que todos los hogares recibieran una pantalla. Al principio, la gente se alegró. Podía ver espectáculos, escuchar música, conocer noticias de países lejanos y entretenerse después de una jornada de trabajo.
Las pantallas se volvieron pronto una presencia familiar. Había una en la cocina, otra en el comedor y, cuando el dinero alcanzaba, también en las habitaciones.
A través de ellas, los habitantes conocían el mundo.
O, al menos, conocían la parte del mundo que llegaba hasta sus hogares.
Las noticias repetían las hazañas del granjero, mostraban sus fábricas, sus obras y sus donaciones. Los periodistas destacaban el crecimiento de la producción, la modernización de los campos y la seguridad garantizada por las fuerzas armadas. Cuando alguien cuestionaba la concentración de la riqueza, se lo presentaba como un enemigo del progreso, un ignorante incapaz de comprender la economía o un agitador que amenazaba con destruir la tranquilidad de las familias.
Los delitos ocupaban largas horas de transmisión. Se mostraban robos, asesinatos y actos de violencia. Se exigían penas más severas y se repetía que el principal peligro para la sociedad eran aquellos que no respetaban la ley.
Pero casi nunca se preguntaba por qué algunos barrios carecían de escuelas, por qué ciertos niños llegaban con hambre a clase o por qué hombres dispuestos a trabajar pasaban meses sin encontrar empleo.
El delito se presentaba como una falla individual, separada de las condiciones sociales en las que ocurría. El castigo aparecía como la solución más evidente, mientras que las causas de la desesperación quedaban fuera de la pantalla.
La población comenzó a mirar el mundo a través del miedo.
Tenía miedo de los ladrones, de los extranjeros, de los enemigos del país, de los trabajadores que protestaban y de cualquiera que pareciera amenazar el orden establecido. Poco a poco, muchas personas llegaron a pedir más vigilancia, más castigos y más autoridad, convencidas de que la libertad era un lujo peligroso.
El granjero contemplaba satisfecho aquel espectáculo.
Había descubierto que el miedo podía unir a los que tenían poco con los que tenían mucho, siempre que ambos creyeran estar amenazados por un enemigo común.
Y mientras los habitantes discutían sobre los delincuentes que aparecían en las pantallas, casi nadie hablaba del hombre que poseía los campos, los alimentos, el petróleo, las fábricas de armas y buena parte de los medios a través de los cuales se narraba la realidad.
El granjero había conseguido que su poder pareciera invisible.
La gente veía los precios, pero no siempre veía las decisiones que los determinaban. Veía a los desempleados, pero no siempre veía la organización de la economía que los había dejado sin trabajo. Veía a los castigados, pero pocas veces se preguntaba quién había escrito las reglas y a quién beneficiaban.
Y, sobre todo, veía la riqueza del granjero como si fuera un hecho natural, una consecuencia de su inteligencia y de su esfuerzo, sin recordar que aquella fortuna había crecido también gracias a la apropiación de los medios de vida de miles de personas.
Con el tiempo, el granjero comenzó a vivir rodeado de todas las cosas que había conseguido.
Sus casas eran enormes, pero necesitaba empleados para mantenerlas. Sus jardines eran extensos, pero rara vez caminaba por ellos. Tenía alimentos de todos los rincones del mundo, pero sus comidas se habían convertido en reuniones de negocios. Poseía automóviles extraordinarios, aunque cada vez encontraba menos lugares adonde ir sin que lo acompañaran guardaespaldas.
Tenía seguridad, pero desconfiaba de todos.
Tenía poder, pero necesitaba aumentarlo.
Tenía dinero, pero no podía comprar la certeza de que sus socios no lo traicionarían, de que sus rivales no lo atacarían o de que su propia fortuna no acabaría algún día entre las manos de otros.
En las fiestas seguía contratando a los músicos pobres. Ellos llegaban con sus guitarras y tocaban las mismas canciones de siempre. El granjero les pagaba cada vez mejor, como si el precio pudiera acercarlo al misterio que aquellas melodías guardaban.
Una noche, cuando los invitados se habían retirado y la casa quedó en silencio, llamó a uno de los músicos.
Era un hombre mayor, de manos ásperas y rostro curtido por el sol. Había trabajado en los campos antes de perder la tierra de su familia. Ahora vivía de tocar en reuniones, bares y fiestas.
—Quiero hacerte una pregunta —dijo el granjero—. Vos tenés poco. Trabajás mucho. No sabés si mañana vas a tener dinero para comer. Sin embargo, cuando tocás, parecés un hombre feliz. ¿Qué tenés que yo no tenga?
El músico se quedó pensando.
—No sé si soy feliz, patrón. Tengo preocupaciones, como cualquiera. Pero hay cosas que todavía puedo hacer sin pedirle permiso a nadie. Toco porque me gusta. Canto porque algunas cosas me duelen y otras me alegran. Cuando vuelvo a casa, mis hijos me esperan. A veces comemos poco, pero comemos juntos. Y cuando un vecino necesita ayuda, tratamos de dársela.
Hizo una pausa y miró las paredes de la habitación.
—Usted tiene muchas cosas, patrón. Pero parece que nunca le alcanzan.
El granjero sintió que aquella respuesta lo ofendía. Estuvo a punto de despedir al músico, pero algo lo detuvo.
—¿Y eso te alcanza para vivir?
—No siempre alcanza para vivir como quisiera —respondió el hombre—. Pero vivir no es solamente conseguir las cosas que uno necesita. También es saber para qué las necesita y con quién quiere compartirlas.
El músico guardó su guitarra y se marchó.
El granjero permaneció despierto hasta el amanecer.
Quizá aquella conversación le habría recordado las preguntas que el filósofo Erich Fromm había planteado acerca de dos maneras distintas de existir: vivir orientados hacia el tener, acumulando objetos, posesiones y poder, o hacerlo hacia el ser, desarrollando nuestras capacidades, nuestros vínculos, nuestra creatividad y nuestra posibilidad de amar.
El granjero había dedicado su vida entera a tener.
Y, sin embargo, no sabía si había aprendido a vivir.
Al día siguiente ordenó construir otra fábrica.
Sus consejeros le preguntaron qué produciría.
—No lo sé todavía —respondió—. Pero quiero que sea la más grande de todas.
Nadie se atrevió a contradecirlo.
La fábrica se levantó sobre un terreno que antes había pertenecido a una familia de agricultores. Llegaron máquinas nuevas, camiones, ingenieros y trabajadores. Las pantallas celebraron la obra como una demostración de progreso. Los funcionarios hablaron de crecimiento económico. Los economistas anunciaron que la inversión generaría riqueza.
Y, sin embargo, nadie pudo explicar con claridad qué necesidad humana venía a satisfacer aquella fábrica.
El granjero ya no producía solamente para vivir mejor, ni siquiera para disfrutar de lo que tenía. Producía para seguir produciendo, acumulaba para poder acumular más y ejercía el poder para no perder el poder que había acumulado.
La riqueza había dejado de ser un medio. Se había convertido en un fin que exigía sacrificar cualquier otra cosa.
Mientras tanto, los habitantes seguían trabajando, comprando, mirando las pantallas y esperando que alguna vez llegara el momento de disfrutar de la vida que tanto esfuerzo les costaba sostener.
Algunos comenzaron a hacerse preguntas.
¿Por qué había que trabajar tantas horas para comprar alimentos que ellos mismos podían producir?
¿Por qué la tierra debía pertenecer a quien tuviera más dinero y no a quien la trabajara?
¿Por qué el progreso de las máquinas no les permitía disponer de más tiempo para vivir?
¿Por qué las personas eran educadas para competir, pero luego se las acusaba de egoístas cuando intentaban defenderse solas?
Y, sobre todo, ¿por qué se había vuelto tan difícil imaginar una vida distinta?
Las preguntas comenzaron a circular en los barrios, en los talleres y en las escuelas. Se transmitían de boca en boca, en conversaciones discretas, en hojas impresas y en canciones que algunos músicos empezaron a componer sin pedir permiso.
El granjero ordenó que las pantallas denunciaran aquella agitación. Dijo que los cuestionamientos ponían en peligro la estabilidad, que los cambios podían destruir los empleos y que quienes querían recuperar la tierra pretendían regresar a un pasado de pobreza y atraso.
Pero algo había cambiado.
Los habitantes empezaban a comprender que el mundo que conocían no era el único posible. Que las instituciones podían organizar la vida de muchas maneras. Que las reglas habían sido creadas por seres humanos y, por lo tanto, también podían ser discutidas y transformadas.
Comprendieron, además, que la libertad no consistía únicamente en elegir entre los productos que aparecían en las vidrieras, entre los programas que ofrecían las pantallas o entre los candidatos que prometían administrar mejor el mismo orden.
La libertad también podía significar participar en las decisiones que afectaban sus vidas, disponer de tiempo para sus afectos, trabajar sin perder la dignidad y tener acceso a los medios necesarios para vivir sin depender por completo de la voluntad de otro.
Una tarde, el granjero volvió a escuchar música procedente de un barrio pobre.
Pero esta vez las guitarras no tocaban para él.
Los músicos se habían reunido con trabajadores de las fábricas, agricultores sin tierra, maestros, estudiantes y familias enteras. Cantaban una canción nueva, compuesta entre todos. Hablaba de las manos que sembraban, de las máquinas que podían liberar a las personas del trabajo más duro y de la tierra como un lugar para vivir, no como una mercancía que debía producir ganancias para unos pocos.
No era una canción perfecta. Algunos desafinaban. Los instrumentos estaban gastados y el ritmo se perdía por momentos entre las voces. Pero quienes la cantaban parecían encontrar en ella algo que no estaba a la venta.
El granjero observó la escena desde la ventanilla de su automóvil.
Por primera vez, comprendió que no podía comprar aquella música, porque no se trataba de las guitarras ni de las voces. Tampoco podía adquirirla contratando a los músicos. Lo que había nacido allí era algo que solo existía mientras aquellas personas se reunían, compartían una experiencia y descubrían que podían hacer algo juntas.
Podía pagarles para que tocaran en sus fiestas, pero no podía comprar el motivo por el cual cantaban.
Podía construir fábricas, pero no determinar por completo qué significado tendría el trabajo para quienes entraban en ellas.
Podía financiar escuelas, templos y medios de comunicación, pero no garantizar que todos aceptaran las explicaciones que se les ofrecían.
Podía levantar muros y fabricar armas, pero no eliminar la pregunta que comenzaba a recorrer el corazón de la población: ¿para qué sirve una vida en la que uno debe entregar casi todo su tiempo para conseguir lo necesario para seguir viviendo?
El automóvil se alejó lentamente.
Al llegar a su casa, el granjero encontró a sus consejeros esperándolo. Le hablaron de nuevas medidas de seguridad, de campañas de comunicación, de leyes más estrictas y de inversiones destinadas a recuperar la confianza de la población.
Él los escuchó sin interrumpirlos.
Después miró por una ventana. Desde allí podía ver una parte de sus campos, las luces de las fábricas y, más lejos, las viviendas de los trabajadores. Todo parecía pertenecerle.
Y, sin embargo, por primera vez, tuvo la sensación de que su mundo podía desmoronarse sin que desapareciera una sola de sus propiedades. Bastaría con que las personas dejaran de creer que el orden existente era inevitable.
No sabía qué hacer con aquella idea.
Durante toda su vida había creído que el sentido de la existencia consistía en vencer a los demás, proteger lo conquistado y ampliar los límites de su dominio. Había convertido cada temor en una nueva inversión, cada inseguridad en una nueva fábrica y cada duda en una razón para acumular más.
Pero quizá el problema no era que tuviera demasiado poco.
Quizá era que había organizado su vida entera alrededor de una pregunta equivocada.
No se había preguntado qué necesitaba para vivir bien, sino cuánto podía llegar a poseer. No se había preguntado qué podía hacer por los demás, sino cuánto podía obtener de ellos. No se había preguntado qué mundo quería compartir con sus hijos, sino qué parte del mundo podía dejarles en herencia.
Y ahora, rodeado de todo lo que había conseguido, no sabía qué respuesta dar.
Dicen que el granjero vivió muchos años más.
Nunca perdió todas sus propiedades, ni dejó de tener poder sobre una parte importante del territorio. Algunos aseguran que comprendió lo que estaba ocurriendo y trató de cambiar las cosas. Otros dicen que se aferró a su fortuna hasta el último día. Nadie conoce con certeza el final de su historia.
Pero quienes recuerdan aquel tiempo cuentan que, después de su muerte, una de las preguntas que más se repitieron en los barrios fue la que había formulado el músico aquella noche:
¿De qué sirve poseer el mundo si uno no sabe vivir en él?
Porque la tierra puede comprarse, el petróleo puede extraerse, los alimentos pueden almacenarse, las armas pueden fabricarse y las instituciones pueden organizarse para sostener un determinado orden. También pueden construirse relatos capaces de justificarlo y pantallas que lo presenten como natural e inevitable.
Pero ninguna de esas cosas, por sí sola, responde a la pregunta fundamental de la existencia.
La vida no adquiere sentido simplemente porque alguien tenga más que los demás. Tampoco porque obedezca sin cuestionar, porque tema al castigo o porque espere que alguien le prometa una recompensa después de la muerte.
El sentido se construye en la relación con otros seres humanos, en aquello que somos capaces de crear, en el cuidado de lo que nos rodea y en la libertad de participar en nuestro propio destino.
Quizá una sociedad verdaderamente rica no sea aquella en la que un hombre puede comprar todos los campos, sino aquella en la que nadie necesita vender su libertad para poder comer.
Quizá el progreso no consista en producir cada vez más cosas, sino en conseguir que las personas tengan más tiempo para pensar, amar, aprender, crear y disfrutar de la vida.
Y quizá la mayor victoria de un ser humano no sea llegar a ser dueño del mundo, sino contribuir a que el mundo deje de ser propiedad de unos pocos y se convierta en un lugar donde todos puedan vivir con dignidad.
Porque hay una diferencia enorme entre tener una vida y aprender a vivirla.
Y esa diferencia, por más petróleo, dinero, armas o poder que alguien acumule, no puede comprarse.
