El pez comenzó a sospechar que el mundo estaba enfermo.
No sabía exactamente cuándo había comenzado aquella sospecha. Tal vez había nacido una mañana, mientras esperaba que cayera la comida. Tal vez había estado allí desde siempre, escondida detrás de alguna escama, esperando el momento preciso para despertar.
La ración era cada vez más pequeña.
Pero lo extraño no era solamente que hubiera menos comida. Lo extraño era que todos parecían considerar aquello perfectamente normal.
A la misma hora, todos los días, caían desde arriba unas pequeñas partículas que descendían lentamente hasta la superficie. Los peces acudían entonces con una obediencia que parecía natural, casi instintiva.
Nadie preguntaba de dónde venía la comida.
Nadie preguntaba quién decidía cuánto correspondía a cada uno.
Nadie preguntaba por qué siempre debía ser así.
La comida simplemente caía.
Y cuando algo se repetía durante demasiado tiempo, los peces terminaban llamándolo naturaleza.
El pez también comenzó a notar otras cosas.
El agua estaba cada vez más pesada.
Las plantas no crecían.
Eran verdes, sí, pero nunca daban hojas nuevas, nunca morían, nunca cambiaban. Permanecían inmóviles, hermosas y eternamente iguales.
Un día las observó detenidamente y comprendió que eran de plástico.
Sintió entonces algo parecido a la tristeza.
Había pasado toda su vida admirando aquellas plantas.
Había aprendido a esconderse entre ellas, a descansar bajo sus hojas, a considerarlas parte del paisaje.
¿Cómo podía algo ser tan importante y ser, al mismo tiempo, falso?
Se acercó al vidrio.
Estaba cubierto de algas.
La luz entraba durante horas y hacía crecer aquella película verdosa que lentamente oscurecía la transparencia.
Los peces habían desarrollado una teoría para explicar el problema.
Decían que las algas eran inevitables.
Otros sostenían que siempre habían existido.
Algunos afirmaban que el problema era que los peces no limpiaban suficientemente bien los vidrios.
Y había quienes proponían crear nuevas normas para mantener la pecera limpia.
El pez escuchaba aquellas discusiones y sentía que algo no encajaba.
Porque cada solución parecía terminar exactamente donde había comenzado el problema.
Entonces descubrió que entre las piedras había restos de comida.
Había alimento allí.
Mucho más del que imaginaba.
Durante años había pensado que la comida era escasa porque solamente miraba hacia arriba.
Y comprendió algo que le produjo un extraño estremecimiento:
uno puede vivir dentro de una mentira sin que nadie tenga que mentirle.
A veces basta con enseñarle a mirar siempre en la misma dirección.
El pez comenzó a hacer preguntas.
Al principio fueron preguntas pequeñas.
Después se volvieron peligrosas.
—¿Por qué el agua no corre?
Los peces se miraron.
—Porque es una pecera.
—¿Y por qué es una pecera?
Silencio.
—Porque siempre fue una pecera.
Aquella respuesta comenzó a perseguirlo.
Siempre fue así.
Era una frase extraordinariamente poderosa.
Servía para explicar la escasez.
Servía para justificar las jerarquías.
Servía para aceptar las algas.
Servía para soportar el agua cada vez más pobre en oxígeno.
Servía incluso para explicar por qué algunos peces podían comer más que otros.
Siempre fue así.
Y cuando una explicación se repite durante muchas generaciones, deja de parecer una explicación.
Se convierte en una verdad.
Los peces tenían sus propios sabios.
Eran los encargados de estudiar las leyes de la pecera.
Habían formulado complejos teoremas sobre el movimiento, la alimentación, la convivencia y los límites del espacio.
Sabían calcular cuánto podía nadar un pez antes de chocar contra el vidrio.
Sabían cuánto alimento necesitaba para sobrevivir.
Sabían incluso cuánto tiempo podía soportar un pez cuando el oxígeno disminuía.
Pero había algo que no estudiaban.
No estudiaban la posibilidad de que existiera un mundo fuera de la pecera.
Eso no era una hipótesis científica.
Era absurdo.
Era irracional.
Era, simplemente, una pregunta que no debía formularse.
El pez comenzó a comprender entonces que las teorías también podían tener fronteras.
No porque fueran falsas.
Sino porque habían aprendido a no mirar más allá de determinados límites.
Los peces podían discutir eternamente sobre las reglas del mundo.
Pero ninguno cuestionaba el mundo que había producido esas reglas.
Y quizás esa era la verdadera trampa.
Una noche, mientras nadaba cerca del vidrio, el pez vio algo.
Una sombra.
Al principio pensó que era otro pez.
Después comprendió que no.
Era enorme.
Dos ojos lo observaban desde afuera.
El pez retrocedió asustado.
Durante toda su vida había pensado que nadie lo miraba.
Ahora descubría que alguien había estado allí.
Siempre.
Aquellos ojos no eran visibles todo el tiempo.
Pero estaban.
A veces arrojaban comida.
A veces cambiaban el agua.
A veces limpiaban los vidrios.
Y otras veces simplemente observaban.
El pez comprendió entonces que incluso aquello que llamaba libertad tenía un límite.
Podía nadar hacia la izquierda o hacia la derecha.
Podía subir o bajar.
Podía esconderse entre las plantas.
Podía elegir con qué pez nadar.
Podía incluso discutir con otros peces sobre el mejor modo de organizar la vida.
Pero ninguna de esas elecciones modificaba una cosa:
todos seguían dentro de la pecera.
Y comprendió que quizás el poder no consistía únicamente en decirle a alguien lo que debía hacer.
Quizás el poder más profundo consistía en conseguir que alguien creyera que las únicas opciones posibles eran aquellas que el propio poder había dispuesto.
Desde aquel día, el pez comenzó a sentirse incómodo.
Los otros peces decían que estaba confundido.
—Pensás demasiado.
—Siempre hubo peces que quisieron cambiar las cosas.
—La pecera no es perfecta, pero es lo que tenemos.
—¿Y qué querés? ¿Vivir en el océano?
La palabra océano provocó risas.
Nadie había visto un océano.
Por lo tanto, no existía.
Así funcionaban las certezas de los peces.
Lo real era aquello que podían ver.
Y podían ver solamente aquello que la pecera les permitía ver.
Entonces el pez comprendió algo todavía más inquietante:
la pecera no solamente encerraba sus cuerpos. Encerraba sus posibilidades de pensamiento.
Había aprendido a pensar con palabras que habían nacido dentro de la pecera.
Había aprendido a desear cosas que podían existir dentro de la pecera.
Había aprendido incluso a imaginar la libertad con las formas de la pecera.
Y mientras más pensaba, más evidente se volvía una paradoja:
¿Cómo podía un pez escapar de una prisión cuya existencia ni siquiera podía concebir?
Esa noche soñó con un río.
No era como el agua de la pecera.
El agua se movía.
Corría.
Se desviaba.
Golpeaba las piedras.
Desaparecía detrás de los árboles y volvía a aparecer más adelante.
El pez intentaba avanzar contra la corriente.
Le costaba.
Por primera vez debía hacer un esfuerzo para decidir hacia dónde nadar.
Pero no sentía miedo.
Sentía algo que nunca había experimentado dentro de la pecera.
Horizonte.
Un horizonte que no terminaba en cuatro paredes transparentes.
Arriba había un cielo.
Abajo había profundidad.
A su alrededor había árboles, piedras, otros animales y una inmensidad que no podía medir.
El pez despertó sobresaltado.
Durante unos segundos creyó que todavía estaba allí.
Pero volvió a encontrarse con las paredes de vidrio.
La pecera.
Su mundo.
Su verdad.
Su seguridad.
Su prisión.
Pasaron los días.
El pez ya no discutía tanto sobre la cantidad de comida.
Tampoco sobre las algas.
Ni siquiera sobre las plantas de plástico.
Había comprendido que aquellos eran síntomas.
El problema era otro.
Había que cambiar la pregunta.
No:
¿Cómo conseguimos más comida?
Sino:
¿Por qué necesitamos que alguien nos dé comida?
No:
¿Cómo limpiamos mejor el vidrio?
Sino:
¿Por qué necesitamos un vidrio?
No:
¿Cómo conseguimos más oxígeno?
Sino:
¿Por qué respiramos un agua que no se renueva?
No:
¿Cómo hacemos más soportable la pecera?
Sino:
¿Qué pasaría si dejáramos de aceptar que la pecera es el mundo?
Entonces entendió por qué era tan difícil cambiar.
Porque para quienes vivían dentro de la pecera, el paradigma no parecía un paradigma.
Parecía la realidad.
Las reglas parecían naturales.
Las jerarquías parecían inevitables.
Los límites parecían físicos.
Las verdades parecían eternas.
Y quienes se beneficiaban de aquella organización ni siquiera necesitaban defenderla constantemente.
Habían logrado algo mucho más eficaz:
habían conseguido que los propios peces la defendieran.
Una mañana, el pez nadó hasta el vidrio.
Lo contempló durante mucho tiempo.
Luego lo tocó con el cuerpo.
Era duro.
Frío.
Real.
Pero por primera vez comprendió que una cosa podía ser real y, al mismo tiempo, no ser eterna.
Retrocedió.
Tomó impulso.
Y golpeó.
El vidrio vibró.
Los demás peces se alejaron.
—¡Está loco!
Volvió a golpear.
Una vez.
Dos.
Tres.
No sabía si podría romperlo.
No sabía qué había afuera.
No sabía si encontraría un río, un océano o simplemente otra pecera más grande.
Ni siquiera sabía si sobreviviría.
Pero por primera vez había descubierto una verdad que ningún libro de los peces había escrito:
no hacía falta conocer el mundo que estaba afuera para comenzar a cuestionar las paredes del mundo que estaba adentro.
Volvió a tomar impulso.
Y golpeó otra vez.
Esta vez escuchó algo.
Un sonido pequeño.
Casi imperceptible.
Un sonido que ningún pez había escuchado jamás.
Crac.
Una grieta.
Los peces quedaron inmóviles.
El pez miró aquella pequeña línea que atravesaba el vidrio.
Y en aquella grieta no vio solamente una ruptura.
Vio una posibilidad.
Porque comprendió que los paradigmas no caen cuando alguien encuentra una respuesta.
Caen cuando alguien se atreve a formular una pregunta que el paradigma no puede responder.
El agua comenzó a moverse.
Primero lentamente.
Después con más fuerza.
Y mientras la corriente escapaba por la grieta, llevándose consigo las algas, los restos de comida y las pequeñas certezas de toda una vida, el pez comprendió finalmente aquello que había buscado durante tanto tiempo:
la libertad no era encontrar mejores respuestas dentro de la pecera.
Era atreverse a imaginar que podía existir un mundo sin ella.
Y mientras el agua comenzaba a fluir hacia un lugar desconocido, el pez nadó.
No sabía hacia dónde.
Pero por primera vez,
nadaba hacia el horizonte.
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