Manejar la nave espacial era lo que más le gustaba. Cada vez que se aferraba al manubrio y sentía la vibración de los motores en sus manos, se transformaba en el rey del cosmos, un navegante solitario surcando un océano infinito de estrellas titilantes y nebulosas misteriosas. Pero el espacio no era un lugar tranquilo. A cada esquina, en cada pliegue del vacío, acechaban monstruos de formas grotescas y tamaños descomunales, criaturas que emergían de la oscuridad con tentáculos luminosos, fauces afiladas como navajas y ojos que parecían cráteres sin fondo.
Con un rápido movimiento, apretaba el botón en el manubrio y su rayo láser cortaba la negrura como un relámpago carmesí. Cada disparo era una explosión de luz y calor, un destello efímero que dejaba a su paso solo polvo estelar. Él no tenía miedo. Sabía que su misión era más grande que cualquier bestia intergaláctica. Llevaba un cargamento valioso y debía entregarlo a tiempo. Su jefe no era alguien que perdonara retrasos.
Aquel hombre —o lo que fuera— era una sombra implacable en su vida. Una presencia ominosa que lo vigilaba desde un rincón del universo, esperando cualquier fallo para descargar sobre él su furia. Su voz retumbaba en la radio de la nave con un tono metálico y frío: "No te detengas. No te equivoques. No falles." Pero el tiempo pasaba, la nave resistía y la presión aumentaba. La carga se convirtió en un peso insoportable, no tanto por su contenido, sino por el miedo constante al castigo.
Hasta que un día, harto de volar con la amenaza del jefe oprimiéndole el pecho como la gravedad de un agujero negro, decidió cambiar su destino. Se alejó de la ruta establecida, apagó los rastreadores y se deslizó entre los anillos de un planeta desconocido, buscando un nuevo hogar. En aquel mundo de cielos púrpura y lagos de cristal, encontró un refugio.
Por primera vez en mucho tiempo, respiró sin temor. No había gritos, no había amenazas, solo el sonido del viento helado acariciando las montañas de hielo. Sin embargo, aunque el peso de su antiguo jefe había desaparecido, la vida seguía exigiendo esfuerzo. Su pequeño tamaño no le facilitaba las cosas, pero su tenacidad y actitud positiva lo ayudaron a encontrar un nuevo trabajo.
Las noches eran agotadoras, y cuando el cansancio lo vencía, apenas tenía fuerzas para hacer lo que más amaba: deslizarse sobre el lago congelado. La sensación de velocidad, el frío rozándole el rostro y la estela de escarcha que dejaban sus patines le recordaban que aún podía soñar.
No estaba solo. Descubrió que los monstruos a los que había combatido en el espacio no eran realmente enemigos. Al final, ellos fueron sus únicos compañeros de viaje, los que desafiaron su valentía y lo hicieron crecer. Fueron ellos quienes le enseñaron que los sueños pueden hacerse realidad.
Y así, con su nave fiel esperándolo siempre en la orilla del lago, se convirtió en un campeón de patinaje. Pero nunca olvidó los días en que el universo era su único refugio, ni las noches en que su rayo láser era la única luz en la oscuridad infinita.